Cazador cazado.

Victoria, Entre Ríos, Argentina. Pequeña ciudad, pueblo, que presenta gran territorio de isla. En los años 90 es parte de la cotidianidad que los padres y hermanos de familia vayan a cazar capibaras, o carpinchos como los llaman los etrerrianos, a la isla para alimentar a sus familias.

Un grupo de cuatro hombres de familia se dirigen a la isla.

Ya experimentados, los cazadores acechan de noche a sus presas. Al escuchar el sonido típico del grito del animal que buscan, tres de ellos se dirigen a las orillas del río mientras otro de ellos trepa un árbol a la espera de su objetivo en plena oscuridad.

Con el agua por las rodillas los hombres en silencio esperan.

Ha pasado media hora y aún ninguna escopeta ha sido disparada.

De repente, los tres hombres que están en el río escuchan los gritos de su amigo. Sin pensarlo los cazadores corren a auxiliar a su compañero.

Los alaridos de sufrimiento, de dolor, de angustia. A la vez que el camino que atraviesan los hombres hiere sus rostros con la espesa vegetación.

Al llegar, al pie del árbol yace la escopeta del hombre. Al dirigir la luz de la linterna hacia la copa del árbol, los cazadores no pueden racionalizar lo que sus ojos ven.

Su compañero abrazado al tronco, llorando, su mirada aterrorizada, su vestimenta rasgada, su rostro y manos con rasguños.

Al bajar, lo único que puede explicar a sus compañeros es que sentía que lo jalaban y arañaban, pero no podía ver de quién o qué eran aquellas manos o garras.

(Mi padre era uno de los cazadores).

 

 

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